Cada año, con motivo del día de la conciencia negra que se conmemora el 20 de noviembre, hacemos un taller semanal monográfico destinado a niños y niñas de nuestros espacios sobre algún activista afrodescendiente de los derechos humanos elegido por los valores que aporta a la humanidad en su conjunto.
Las dos últimas ediciones las dedicamos a Rosa Parks y Steve Biko. Este año profundizaremos en la figura de Wangari Maathai. Una mujer nacida en Kenia en 1940, catedrática de biología, a la que otorgó el premio nobel de la paz en 2004 por el compromiso y determinación con la que luchó contra la deforestación, la pobreza y la opresión política.
Fundó el movimiento «Cinturón Verde» que plantó 30 millones de árboles en Kenia, así como en otros lugares de África Oriental, casi todo en manos de mujeres. Además de su vertiente ecológica, el movimiento se implicó también activamente en la lucha por los derechos humanos y la democracia en Kenia.
Símbolo de un activismo feminista y ecologista militante anteposó e inspira -frente al racionalismo ilustrado y capitalismo que en su seno engendró y nos gobierna- otra visión del mundo guiada por los vínculos que nos unen al planeta ya su destino y la revisión del legado de las culturas africanas y codificación en éstas del respeto hacia la naturaleza.
Una de las muchas frases celebras que pronunció Wangari y con la que quería interpretarse su obra fue que ”la esencia de mi trabajo está contenida en el símbolo de un árbol. Creo que la naturaleza une a las culturas del mundo”.
Habitualmente se destaca la vertiente de activista ecologista de Wangari, pero no debemos olvidar que fue perseguida y represaliada por mujer -perdiendo su plaza de profesora de universidad- y golpeada y metida en prisión por su lucha en defensa de los derechos humanos y la democracia.
Desobedeció en un momento donde no se podía desobedecer para hacer lo correcto. Wangari le decía a las mujeres que la represión a la que eran sometidas no era sólo para plantar árboles, sino porque sembraban ideas. Se organizaban y daban motivos para defender sus derechos como mujeres y medioambientales.
Defendía una nueva ética más empática con el conjunto de la familia humana y el planeta que, ahora más que nunca, es necesario meter en valor frente a la amenaza una vez más que la acción del hombre representa para la supervivencia del planeta , la diversidad cultural y dignidad de la propia humanidad.
Al recoger el premio nobel daba a entender que su reconocimiento era también un paso por la necesidad de avanzar hacia un nuevo nivel de conciencia y ética moral.
Las actividades que destruyen el medio ambiente y la sociedad continúan y este reconocimiento ponía en valor en 2004 un tema tan crítico como su vínculo con la democracia y la paz.
Wangari dijo cosas muy interesantes pero fue, principalmente, una activista que predicó con su ejemplo. Su obra nos invita a dejar de hablar, arremangarnos y meternos manos y cuerpo a actuar para empiece a arraigar esta ética que, en vez de preocuparse por la supervivencia de una normalidad narcisista y asesina, contribuya a armonizar nuestro vínculo con la naturaleza y los demás.
Así que… vamos:
“Hasta que no hagas un agujero, plantes un árbol, lo riegues y lo hagas sobrevivir, no has hecho nada. Solo estás hablando”. (Wangari Maathai, Kenia, 1940-2011)